Zonas no erógenas que pueden serlo

Zonas no erógenas
Existen un buen número de zonas no erógenas en el cuerpo que, bien utilizadas, se pueden convertir en erógenas. Todos conocemos las zonas erógenas más comunes.  Todos sabemos el placer que se puede llegar a alcanzar con la estimulación de los órganos sexuales, por supuesto, de los pechos de una mujer, del cuello en ellos y ellas, de la zona perineal, también en ambos sexos, o del resto de zonas erógenas. Sin embargo, existen determinadas zonas, consideradas no erógenas, que pueden convertir en fuentes inagotables de placer. Y es que, a pesar de que el número de terminaciones nerviosas es el que es en cada parte del cuerpo, unas caricias expertas pueden compensar su ausencia.
Zonas no erógenas
Zonas no erógenas

Una de las zonas no erógenas que suele pasar más desapercibidas y que, si sabemos cómo, puede propiciarnos verdadero placer, es el pulgar. Si chupamos el dedo pulgar de nuestra pareja en el momento de excitación justo, los resultados pueden llegar a ser sorprendentes. Cuando comienza a activarse la imaginación, todo se dispara de una forma increíble y, al parecer, el dedo pulgar y la imaginación están completamente conectados.

El frenillo del prepucio es otra de las zonas no erógenas, en tenoría, que estimuladas de la forma y en el momento adecuado pueden hacer que un hombre alcance el éxtasis. Aunque no suele ser algo conocido, parece que los nervios que forman esta zona son igual de sensibles que el clítoris y, aunque en cantidad no pueden competir con el clítoris, en calidad pueden hacerlo con cualquiera.

El sacrum es un hueso que se localiza en la espalda  y cuyos nervios están conectados, de forma directa, con los genitales. La estimulación de esa zona, por más que se trate de una zona no erógena, puede aumentar el placer de una manera desmesurada. Tanto es así que, estimulado en el momento adecuado, es capaz de hacer que el perido refractario de un varón, el que sucede entre la eyaculación y una nueva erección, disminuya de forma muy considerable. Circunstancia tremendamente valorada entre las mujeres en general y, por qué no decirlo, también entre los varones afortunados.

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